sábado, 21 de noviembre de 2009

La Creación

por nuestro colaborador Jesucristo Superestar. Que espero que vuelva a colaborar con nosotros.

Al principio, todo es oscuridad. Una oscuridad negra y profunda. Una oscuridad tan completa y tan homogeneizante que se llega a dudar de que algo –incluso el color negro que todo lo inunda- exista realmente. No hay contornos, no hay figuras; nada delimita esta completa ausencia de materia. Parece ser que en este universo la res extensa jamás ha sido aprehendida, jamás ha sido imaginada siquiera.


Ni siquiera yo, narrador omnisciente, tengo cuerpo; únicamente tengo alma. Al principio fue el verbo. Y mi verbo es un alma ingénita que se mece extáticamente sobre este vacío eterno, en el que no existe nada y jamás ha existido nada. Desde siempre. Me creo poderoso, sin embargo. No puedo hacer nada, soy sólo conciencia, y puedo hacerlo todo al mismo tiempo. En esta realidad los términos todo y nada se confunden; porque puedo hacerlo todo, pero aquí todo es nada. Soy omnipotente e inútil al mismo tiempo.

Pero me creo poderoso, me repito. Me encuentro en un paraíso virgen de no realidad. O, más bien, de no realidad todavía. El negro y la oscuridad, el vacío, es el estado embrionario de todo lo demás. Me impera la sensación de que lo que va a ser imaginado va a convertirse ipso facto en realidad, en el primer elemento de este universo por nacer. Nacerá del negro y reemplazará el negro.


Todavía no he imaginado nada, soy solo pensamiento, verbo, no imaginación. Al principio –repito-, fue el verbo. Pero puedo imaginar, lo sé, soy poderoso, algún día imaginaré. Pero luego, me cabe la duda de que lo que voy a imaginar vaya a pertenecer al mundo interior mío, al de mi incipiente imaginación, o al mundo real, exterior, en el que reina la oscuridad y el negro. ¿Soy lo suficientemente poderoso para que esta realidad imaginada repercuta en la realidad real, la reemplace? ¿O morará únicamente dentro de mi intelecto eterno, de la sensibilidad de estar vivo que ni yo mismo soy capaz de comprender por qué tengo?

Y, esos elementos con los que pronto llenaré el espacio, ¿tendrán conciencia de mi existencia o se sorprenderán como yo por el hecho de estar cuando, lo más lógico, sería no estar? ¿Sabrán que no pertenecen a la realidad, sino únicamente a una imaginación mía que no es lo suficientemente poderosa como para comunicarse con la realidad real? ¿Y si esos elementos tuviesen también imaginación, pudiesen crear sus propios mundos y sus propios elementos imaginativos, todos hechos a mi imagen y mi semejanza?


De repente se me ocurre una idea, una idea genial. No entiendo como no se me ha podido ocurrir antes.

-Que se haga la luz.

Y la luz se hizo.

2 comentarios:

José Luis Díaz dijo...

gran relato, amén!

Marc Costa i Sitjà dijo...

Impresionante la verdad. Sabiéndolo el autor que lo se de seguro.