jueves, 19 de noviembre de 2009

Fanta de Naranja en mano

por nuestro colaborador Indulto para maravilla. Que espero que vuelva a colaborar con nosotros.

Jamás me he sentido una persona demasiado afortunada con el sexo. Es más: no lo soy en absoluto. Y no soy capaz de explicarme porqué. Me miro en el espejo cada mañana cuando me levanto y cada mañana descubro que no tengo mala apariencia física. Hago mucho deporte, voy al gimnasio. Soy inteligente. Mi expediente académico es bueno, pero debo confesar que no es brillante. Mi abuela me dice que tengo muy buena presencia, y yo me la creo. Y puedo hablar, tengo amigos. Me gusta reunirme con ellos, en el bar. La mayoría de las veces hablamos y, algunas veces, incluso reímos.


Pero, no entiendo porqué, ellos han pasado por varias novias repetidas veces, alternando entre unas cuantas al mismo tiempo incluso; pero yo no. Les gusta hablar sobre como se las han ido pasando de mano en mano y, mientras lo comentan, yo debo callarme. No tengo nada que decir y eso me entristece.

No entiendo porqué pero durante la noche, en los bares, mis amigos hablan con chicas, muchas chicas, decenas o centenares de chicas. Algunas noches las cuento, pocas. Normalmente únicamente les observo para intentar averiguar qué tienen ellos que yo no tenga. Me gusta observar sus conversaciones mudas por el excesivo volumen de la música, esa pantomima de gestos, sonrisas y miradas cuya letra me gusta imaginar. Hay muchas situaciones, un repertorio de pantomima relativamente extenso.


Pero llega un momento en que los patrones se empiezan a repetir. A veces son solo dos frases dispersas y ellas se alejan frunciendo los morros, a veces durante horas, rotando a través de los brazos de varios de mis amigos o permitiendo que las abracen por la cintura.

Yo, mientras, apoyado en la columna, les observo atentamente mientras bebo mi Fanta de Naranja, esperando algún hueco entre la huída de una chica y la llegada de otra nueva para intentar hablar con ellos.


No entiendo porque a mi las chicas no me hacen caso mientras que a ellos sí. Tengo una buena apariencia física, me peino y me ducho antes de salir de casa, soy inteligente. Deberé probar en estrenar aquella colonia cara que mi abuela me regaló por mi santo.



4 comentarios:

Noe Domènech* dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Noe Domènech* dijo...

Cuánto hay de cierto en esta anécdota. Pero piensa que los últimos serán los primeros, ya verás.
Saludos

ricardo dijo...

pagafantas!

Marc Costa i Sitjà dijo...

Hay que saber diferenciar entre ficción y realidad. Por definición, cualquier elemento creativo, cualquier interpretación de la realidad, pertenece inherentemente al campo de la ficción.

Incluso la autobiografía y el artículo periodístico (que todos deberían considerar per se el summum de la no ficción), como interpretaciones de la realidad, son ficciones. Lo que quiero decir es, exactamente, que esto es una caricatura del aeronáutico medio, del que mi carrera está lleno.

Es más, ¿quién no ha vuelto según qué sábados por la noche a casa sintiéndose este aeronáutico medio? En el fondo, todos -todos y cada uno de nosotros- tenemos este Pagafantas, este aeronáutico medio, en nuestro interior. Nuestro pagafantas interior que no nos deja ser nosotros mismos.

Liberarnos de esta ficción que nuestro misterioso "Indulto para maravilla" nos presenta es dejar atrás las pesadas cadenas que nos impiden volar y realizarnos como personas y, a la vez, esos elementos únicos que nos conforman como personas, el que nos hace ser nosotros mismos: nuestros fracasos.

Larga vida a los pagafantas.