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sábado, 13 de noviembre de 2010

Un adiós eterno.


En las descoloridas páginas de un extraño manuscrito que fue depositado en el monasterio de Samos por un comerciante judío a principios del siglo X, pude leer una leyenda única, un preludio de novela, un texto musical y atrayente. A pesar de su antigüedad, semejaba un canto vivo como la tinta aún brillante que adornaba los bordes de las páginas en forma de garabatos. Me llamó la atención la sencillez, no exenta de elementos complejos, de los grabados del manuscrito, quizá formasen un arte imposible de encontrar en cualquier otra escena plástica medieval. Esta pequeña joya, en forma de letras, estaba escrita en latín, probablemente el comerciante judío lo adquirió en algún otro lugar de la cristiandad. Mis conocimientos de latín son bastante limitados, de modo que con la ayuda del organista de la catedral de Samos, conseguí entender algunos pasajes, dando forma a esta peculiar leyenda no exenta de imaginación:

En los tiempos antediluvianos existía una región en el corazón de Grecia cubierta por la despiadada geometría de rocas puntiagudas, bañada por los inhóspitos rayos del sol y temida por ser el lugar de escondite de cuantos maleantes escapaban de la justicia. En medio de esta yerma existía un pequeño poblado, cuyos moradores eran reconocidos por su habilidad para la agricultura y el comercio. Habían desarrollado toda una red de acequias subterráneas para regar sus campos y desde hacía mucho utilizaban la moneda como medio de pago en sus transacciones.
Para evitar el pillaje de los bandoleros los hombres del lugar solían guardar sus campos en las frías noches del invierno. Y fue en una de aquellas noches cuando el vigía que a la sazón hacía turno escuchó el lejano sonido del llanto de un bebe. Al principio pensó que los íncubos de la noche querían engañarle jugando con el misterio de la escena misma, sin embargo, al poco tiempo tropezó con un bulto blanco que se mecía tibiamente en la tierra todavía caliente por el sol de la tarde. No dudó en tomar al niño entre sus brazos, y esa misma noche, lo presentó ante el anciano del lugar:

-Venerable anciano- dijo el campesino- Fijaos en este paño blanco que he encontrado en la tierra oscura, su interior cobija la mirada más cálida que jamás se haya visto en nuestras pobres tierras.
-Estás en lo cierto –respondió el anciano- su mirada es pura como la de
un Dios. No parece engendrado en nuestra modesta aldea, aun así debemos encontrar un lugar donde alojarlo.
- Anciano, como sabéis, mi mujer y yo perdimos a nuestro único hijo nada más nacer y si es de vuestro agrado nos complacería cuidarlo y educarlo como su fuera aquel hijo perdido.
-Sea pues lo que dices- concluyó el anciano.

Como era costumbre por aquel entonces en Grecia y en todos los países del Asia Menor, los recién nacidos debían contar con el agrado de los astrólogos, puesto que el futuro del poblado dependía del buen destino de sus ciudadanos. Tal era el conocimiento de los sabios que fueron capaces de establecer el día exacto del nacimiento del niño, llegando a la conclusión de que nació bajo la constelación de Lira y por ello fue nombrado Orfeo, Orfeo de Lira.

A pesar de contar con unos meses de vida, el niño era adorado por todos. Ora miraba a las tiernas madres con sus ojos de miel, ora proyectaba la bendición de su sonrisa sobre los ancianos, ora jugueteaba con los demás niños quienes le envolvían en un corro de risas y cantos. Pronto entendieron los astrólogos que aquel niño era un regalo de los dioses quienes admirados con la fuerza de esta pequeña aldea para soportar los males de la tierra, quisieron hacer justicia en la forma de un niño bendecido. Sucedió, además, que al cumplir el joven Orfeo un año de vida, nació en la aldea una niña de hermosos ojos verdes bajo la constelación de Andrómeda, de la cual tomó su nombre.

Desde el inicio los dos infantes se amaron, al principio como si fueran hermanos, más tarde como amantes. Cuenta el relato que al llegar la edad púber, la gracia y belleza de la pareja era tal que los viajantes nómadas no dudaban en hacer una parada en la aldea para conocer semejante prodigio de nobleza allá donde el paisaje era más inhóspito y raro.

Hace mucho tiempo, en las fechas en las que transcurrieron los hechos, los dioses solían descender a la tierra desde su morada en el Olimpo, y solían caminar por ella como un humano más. Así fue como la diosa del amor, Afrodita llegó a la aldea una tarde de verano, oculta bajo la aparienciade una rica princesa, y acercándose al muchacho le habló con estas palabras:

-¿Orfeo te llamas bello muchacho?- quiso saber la diosa.
-Así es señora- respondió el muchacho con una timidez provocada por la ostentosidad de la diosa.
- Ven conmigo y tendrás mi amor.
- Eso no lo haré señora.

Estas palabras tenues pero firmes hirieron el corazón de Afrodita enamorada de la mirada aterciopelada del muchacho.

Llegados a este punto, el libro reflexiona sobre la naturaleza del tiempo. Cuenta que los dioses son inmortales y que para ellos no existe el tiempo, para que lo necesitan si tienen el don de la infinita paciencia. Hace saber, además, que los seres humanos podemos llegar a ser inmortales, si eliminamos el tiempo, si dejamos que esta ilusión se esfume de nuestro corazón. Somos inmortales en la medida en que nos olvidamos del tiempo en la medida en que somos infinitamente pacientes.

Y es por su inmortalidad, por lo que Afrodita esperó años hasta volver al lugar donde se hallaba el muchacho, esta vez bajo la apariencia de una joven extraviada:

-Hermoso campesino- dijo la diosa- me hayo perdida en estas tierras extranjeras. Dadme un techo para pasar la noche y a fe mía que os lo compensare.
-Venid conmigo, esta noche reposaréis en mi morada- Respondió Orfeo.

La casa de Orfeo tan sólo contaba con una habitación y un modesto lecho que cedió a la diosa. Aquella fue una noche hechizante... Las llamas del hogar jugaban con los objetos de la sala en un matiz claro-oscuro insinuante y misterioso, tanto como lo era el aspecto de aquella joven. La atmósfera del lugar comenzó a colorearse con las notas del canto de la diosa y no hay voz más cautivadora que la de la diosa del amor. Orfeo extasiado, amó el sonido celestial del cantar de Afrodita. Y las horas pasaron… hasta que el carruaje de Apolo volvió a iluminar las tierras aun dormidas:

-Orfeo, Orfeo. Ven conmigo y podrás saciar tus oídos con mi voz.
- No señora, eso no sucederá.

Y como si de un encantamiento se tratara la atmósfera sensual que los envolvió se desvaneció. Pero esa noche el alma del joven cambió. La música de la diosa se habia posado en lo más profundo de su corazón, revelándole sentimientos que nunca antes había experimentado: vértigo, asombro, miedo, compasión, dulzura… fuerzas que nublaban su razón con el recuerdo aún latente de las melodías divinas.

Ahora el relato pasa a contar como el joven abandonó la aldea y como vivió innumerables aventuras, en tierra y mar, en oriente y occidente, en las frías tierras del norte y en los cálidos desiertos del sur. Quizá pasaron años, décadas incluso, pero ¿acaso importa el fluir del tiempo en una época en la que la vida se contaba por los actos y no por el momento?

Existía una región donde las ciudades eran regidas por los designios de las constelaciones, ciudades en donde los gobernantes hacían honor a la palabra justicia y los humanos colaboraban estrechamente con los dioses en busca de un mundo mejor. Esta tierra era conocida bajo el nombre de Sumer y de ella surgiría el caudaloso imperio babilónico. Los sacerdotes sumerios adoradores del dios An, eran conocidos por sus dotes musicales. La mayoría tocaba la lira con tal destreza que las vibraciones tenían la virtud de llegar a lo más profundo del oyente y así llegaron al alma de Orfeo donde en la más callada resonancia hicieron resurgir las notas que en el pasado grabara Afrodita. Tan maravillado quedó de aquella amalgama de sonidos que tomó los hábitos de monje y aprendió a tocar la lira.

El destino. Cuántas letras se podrían escribir sobre él. Unas veces despiadado otras amable, pero siempre tejiendo la senda por donde nuestros pies caminan. Nadie supo ni siquiera su nombre, pero Orfeo blandía la lira con una maestría insuperable. Gobernantes, sumos sacerdotes, profetas, astrólogos, incluso animales del bosque llegaban a la región de Sumer para escuchar sus melodías. Melodías tristes inspiradas por el recuerdo de su amada Andrómeda a quien abandonó por conquistar un sueño que ahora había convertido en realidad. Como dolían los recuerdos, similares a dagas punzantes que vertían su fiereza sobre el espíritu. Por ello decidió volver…

Que fantásticas aventuras nos hace saber el relato original. Náyades, barcos a la deriva dirigidos por gigantes, sirenas, guerreros de piel oscura, islas con lagos de oro… Todo se entreteje dando lugar a un extenso capítulo mitológico. Espero me perdonen si no recojo las anécdotas, tan prodigiosas y únicas como quizá no se conozcan, pero baste con decir que aquel Orfeo pasó por similares aventuras que Ulises de Ítaca, aunque si bien el príncipe griego vencía por su ingenio, el músico triunfaba merced a la belleza de su canto.

Tras una larga travesía, Orfeo encalló en las costas de Grecia. Aquel muchacho que hace mucho tiempo partió indefenso; volvía dirigiendo un navío tan extenso que hubieron de desembarcar ayudados por los pequeños botes que llegaban desde la costa. Tamañas fueron la sorpresa y admiración que ocasionaron que la reina los recibió esa misma noche en su palacio y como no podía ser de otro modo Orfeo tocó y tocó hasta bien entrada la noche. Fue aquel un canto alegre motivado por su vuelta a casa, en el que la inspiración casi divina se manifestó en forma de notas musicales tan perfectas como bellas. Cuando su “awen” dejó de tocar, llegó hasta él la reina ataviada con un vestido de oro, hermosa y luciente como los diamantes que flotaban en su cabello rubio:

-Bello es quien crea belleza. ¿Quien sois extranjero?- dijo la reina.
-Me llamo Orfeo, reina venerable, y he vuelto al lugar que me vio partir para quedarme junto a mi amada Andrómeda.
-¿Como? ¿Sois Orfeo?¿Aquel por el que la inocente Andrómeda dio su vida?.

Quedó turbado el músico ante semejante noticia. La esperanza y la vida son como dos mitades complementarias que danzan mientras suena el latido de los corazones. El corazón de Andrómeda se paró porque perdió toda esperanza en el retorno de Orfeo.

El libro nos relata como aquella reina era de nuevo la diosa Afrodita y como esta vez logró casarse con el marinero de la lira quien volvió, como antaño, a teñir melodías de semejante tristeza que hacían lloran a los animales y hasta las nubes precipitaban sus gotas rítmicamente al son de su canto.


Y llegó la primavera, época de florecimiento y regeneración. La naturaleza comenzaba a despertarse tras el letargo del invierno. El rielar de la luna en las aguas de la orilla, la brisa fresca repleta de mil perfumes alados, otorgaban a aquella noche del abril una atmósfera bruja… Orfeo se encontraba inquieto como si se hallase en la antesala de una salón de baile donde se fraguaría su destino hasta el final de los tiempos. Cabizbajo, doliente, apesadumbrado, tomó el camino hacia el viejo acantilado, allí había disfrutado de su querida Andrómeda cuando las necesidades los traían a la costa. Cuan felices y sencillos eran aquellos tiempos… Un paso, otro paso hacia el acantilado, a un lado la muerte oscura y grave al otro la vida cruel y fugaz, arriba una estrella de tintineo dorado que empezó a hacerse más y más grande a medida que se acercaba al músico. Quedó sorprendido ante tal fenómeno y pensó que se trataba de la reina quien enviaba una guardiana para su cuidado. Sin embargo cuanto más se acercaba más se parecía a la dulce Andrómeda. Orfeo calló de rodillas y se dirigió a la luz con palabras entrecortadas.

-¿Eres tu Andrómeda?
-Orfeo, por fin te encuentro… Cuantas noches he esperado tu llegada. Cuántas noches he contado las estrellas del firmamento, cuántas noches he anhelado este momento- dijo Andrómeda bajo su apariencia espectral.
-Andrómeda, perdóname por haber salido de nuestro nido de amor aquel día fatídico que no he dejado de maldecir a cada hora, a cada minuto. Tan sólo deseo volver a tus brazos y si por ello tengo que vender mi alma a los infiernos de Hades con gusto lo haré.

Andrómeda esbozó una leve sonrisa de compasión y bondad.

Sé que ese es tu deseo y he venido a complacerlo. Ven abrázame y que la eternidad nos mantenga siempre unidos.

A la mañana siguiente fue hallado el cuerpo de Orfeo sin vida en el fondo del acantilado donde el hombre del faro le había visto hablar con una hermosa estrella luciente y viva de la constelación de Andrómeda.

Cuenta además el libro que todos los años al llegar la primavera se pueden observar en el horizonte dos estrellas unidas conocidas como “los enamorados”, y sólo puede verse el prodigio durante una única noche. Mucho tiempo ha pasado desde que Orfeo buscara a su amada en los riscos de la muerte, varios diluvios anegaros la Tierra, pero este prodigio puede verse año tras año en las costas de un remoto pueblo costero de Grecia. Su destino era estar unidos por siempre, vivos en la eternidad y es que el amor verdadero pervive en el tiempo y en el espacio, es capaz de vencer diluvios y volver año tras año a bendecir el mundo con la pureza de su luz.


martes, 19 de octubre de 2010

Le Siege Perilous

Como prometi a Marc aparece a continuación una historia que viene a titulo de la banda de metal épico Kamelot y es que uno de sus primeros cd´s se denomina “Siege Perilous”. La leyenda completa y bien analizada viene recogida en uno de mis libros favoritos, "La búsqueda del Grial" del autor francés Jean Markale

Cuenta la leyenda (recogida por los monjes cistercienses y depositada en la abadía de Glastonbury) que al morir Jesucristo, redentor para los cristianos, un discípulo secreto del maestro de nombre José de Arimatea solicitó permiso a Pilatos para recuperar el cuerpo del crucificado y darle sepultura. En ese momento, Pilatos le entregó el cáliz en el que había comido el maestro durante la última cena en casa de Simón el Leproso. Al bajar el cuerpo de la cruz, José se dio cuenta de que las heridas todavía sangraban y decidió recoger la sangre en ese mismo cáliz que acababa de recibir.

Más tarde, José de Arimatea, fue considerado sospechoso por las autoridades judías y no dudaron en encancelarlo según las modas de la época, a base de agua y algo de pan mugriento en las mañanas. Pero los carceleros no contaban con ese extraño cáliz que José guardaba como su mayor tesoro, y ese “vaissel” fue su alimento y sustento espiritual durante su encarcelamiento.

Con motivo de la destrucción de Jerusalén por los romanos, José es sacado de la cárcel por los emperadores Tito y Vespasiano, quien honrando su valor y nobleza no dudan en tomar como amigo a quien fue capaz de soportar semejante tortura. Son tales las relaciones de José con Vespasiano, que este le proporciona un barco para que pueda predicar las enseñanzas de su maestro en las más lejanas tierras, más allá de las columnas de Hércules.

Y así fue como José de Arimatea, se embarcó junto a su hermana Enygeus casada con Bron, un respondón de nombre Petrus y un hipócrita llamado Moyset. Pero el pecado se infiltra en la comunidad y José, por ordenes de Dios, instituye entonces un ritual: los miembros de la comunidad deberán reunirse en una comida de fraternidad –análoga a la de los primeros cristianos- alrededor de una mesa en cuyo centro estará el “vaissel” santo, y junto a el, un pez pescado por Bron, futuro rey pescador.

Se trata de una reminiscencia de la Santa Cena y el pez es el “ichtus” griego que servia a los primeros cristianos como símbolo de Jesús y como señal de reunión.

Cuenta la leyenda además, que los invitados a la mesa experimentan un inefable gozo, que es la exaltación del éxtasis causado por la comunión, muy a tono con la teología cisterciense. En esta asamblea, que prefigura la Mesa Redonda, instituida por el mago Merlín, hay un asiento vacío: es el asiento de Judas, que se convertirá mas tarde en “le siege perilous”, es decir, en el asiento peligroso. El hipócrita Moyset comete la osadía de querer ocupar ese asiento, pero es engullido por la tierra. Y esta reunión-festín, tiene lugar cada día, haciendo que todos los invitados se alimenten material y espiritualmente según sus deseos y capacidades.

Este asiento peligroso aparecerá mas tarde en la Mesa Redonda. Todos los caballeros, que al igual que Moyset, traten de sentarse sin ser los elegidos por la gracia divina, serán engullidos por la tierra y llevados al infierno. Tan solo el caballero ungido por Dios, en este caso Galahad en otros Perceval, será el único capaz de sentarse en este asiento para mostrar al resto de camaradas de la mesa la importancia de la pureza para vislumbrar la verdad suprema, la luz del Grial santo.


jueves, 22 de abril de 2010

El anciano y la rosa

Las calles de Toledo eran, por aquel entonces, oscuras, estrechas y misteriosas, engalanadas con ese romanticismo medieval cautivador. El margen del río Tajo era testigo intemporal de las ruinas de un antiguo castillo templario. En las frías mañanas del invierno o en las tardes floridas del abril, la antigua fortaleza proyectaba su luz sobre las nobles aguas del Tajo, formando una imagen ondulada y caprichosa, como si el río juguetón bailara con las melancólicas piedras oscuras.

Con la llegada de la primavera, año tras año, el más anónimo y sabio de los filósofos anclaba su barca a los pies de la fortaleza. Solía llevar una túnica ennegrecida por el uso como única vestimenta amen de unas sandalias gastadas y un pequeño bonete que tapaba parte de su cabeza. Tan ilustre y peculiar personaje suscitaba no pocas habladurías. Era por entonces común en la ciudad imperial que las madres cantaran a sus hijos historias, a cual más fantasiosa, sobre el famoso hombre a quien sus raras costumbres bautizaron como templario.

Al abrigo de las rocas ruinosas del castillo y alimentada por las aguas del insigne rio, crecía durante todo el año una extraña flor muy apreciada desde la antigüedad por filósofos y alquimista. De ella se contaba que tenía la capacidad de despertar con su aroma las mentes agasajadas por tantas horas de estudio. Y así se encontraba el sabio en su labor de recolección, cuando escuchó el repiqueteo de un carruaje acercándose hacia el lugar donde solían crecer estas flores delicadas. Pensó, al principio, que se trataba de un sonido lejano proyectado por el viento matinal hasta su oídos, pero aquel sonido se fue haciendo cada vez más perceptible. Suele ser habitual que las almas más sabias sean a la vez las más humildes y solitarias y por esta razón decidió esconderse tras una roca, temeroso de ser descubierto.
No tardó el esperado carruaje real en detenerse al pie del filósofo y, como una maravilla llegada de un lejano paraíso, descendió una joven de rara belleza. Su cabello rubio como vellocino de oro, sus labios escarlata, su mirada luciente como la aureola de un ángel cautivaron al anciano. No era capaz de apartar la mirada de tan jovial aparición, aquí, allá, ora jugaba con sus lebreles, ora arrojaba margaritas al río, ora tarareaba una dulce melodía acompañada del suave canto de un arpa. Tan feliz fue el anciano durante la presencia de la muchacha que el tiempo transcurrió en un leve suspiro.

Las almas fuertes no entienden de edad y aún cuando el cuerpo pueda estar débil y arrugado, el espíritu tiene la habilidad de empuñar la espada de la furia, el escudo de la arrogancia o la nobleza del amor, para formar así una fortaleza única e inexpugnable. Sin embargo, cuanto dolía el recuerdo en la tarde primaveral entre los rayos dorados del crepúsculo, entre las notas lejanas del horizonte vespertino.
Cierto día del abril caminaba el sabio por el mercado de la ciudad, prestando sus oídos a las vagas habladurías de los mercaderes, cuando alcanzó a escuchar una animada conversación que mantenían unos jóvenes cortesanos.

- La princesa celebrará un baile mañana –decía uno de los cortesanos-; y pregonan los heraldos que en él elegirá a su pretendiente entre las altas familias de todos los reinos.
- Así es, y se dice aún más. He oido que la princesa bailará con aquellos capaces de encontrar una rosa roja. –Respondió otro cortesano.
-¡Jamás!, nadie será capaz de encontrar rosas rojas en toda la comarca después de los devastadores inviernos de los que hemos sido todos testigos.

Así comentaban los jóvenes del lugar, con su gracia habitual, despreocupados por lo que ellos veían como un imposible.
Tales palabras dejaron al anciano en un profundo estado de melancolía:
-¡Ay!, que insignificante es el hombre ante el amor. Yo, el más sabio filósofo desde los tiempo del mismísimo Rey Salomón, más sabio aún que los magos del Egipto, más aún que los sacerdotes de la Mesopotamia, más aún que los filósofos de la Grecia, y heme aquí llorando por la merced de una fuerza indómita, de una savia nueva que se ha apoderado de mi corazón. El amor esperanzado es más precioso que el brillo de la esmeralda y más maravilloso que un diamante negro. Amando en el silencio vivo, muriendo con cada suspiro, con cada lágrima derramada y cada palabra navegante en el aire de poniente. Tan sólo necesito una rosa roja para mañana y ella bailará conmigo. Pero no, nadie bailará con un viejo decrépito, nadie, nadie…-

Así meditaba tristemente el anciano templario sin darse cuenta de que en lo alto de una encina se encontraba un alegre ruiseñor que escuchó todo cuanto dijo y sin poder ocultar su turbación interrumpió al sabio:
-Debéis ser sin duda el verdadero enamorado. Tan altas y sinceras son vuestras palabras que por ayudaros cantaría canciones de amor a aquella luna por la que suspiráis. Os contaré un secreto que tan sólo sabemos los ruiseñores. Detrás de aquellas colinas en lo más profundo del bosque de encinas, existe una fuente singular cuyas aguas poseen la virtud de devolver la juventud a quien se baña en ellas. Pero debéis saber, mi anciano enamorado, que esta fuente fue construida por los sabios profetas árabes y que por conjuro está oculta a los ojos de los caminantes-
-¡Oh!; hermoso ruiseñor, soy un anciano ducho en las artes mágicas, conozco todos los conjuros ocultos de la naturaleza, sabré hallar la fuente y con ella el elixir de la juventud-

Y esa misma noche partió hacia el corazón del bosque de encinas. Al amanecer, llegó hasta el lugar que le describió el ruiseñor y gritando las palabras ocultas apareció ante él una fuente extraordinaria, adornada con grandes esculturas de mármol que representaban paisajes perdidos de los valles de Arabia. El anciano se bañó en aquellas aguas de textura cristalina y poco a poco su piel arrugada fue dando paso a la piel brillante de la juventud. Existía en la fuente un libro que tan sólo rezaba una única inscripción: “El precio de la eternidad es el corazón de los hombres”, y que el anciano convertido en joven olvidó de leer en el paroxismo de su nueva apariencia. Tamaño era su contento que pasó sobre el bosque como una sombra y como una sombra cruzó las colinas hasta llegar a orillas del Tajo donde volvía a encontrarse el ruiseñor. Al ver su rostro reflejado en las aguas del río esbozó una leve sonrisa, y digo leve porque al cabo un pensamiento negativo nubló su estado de optimismo:

-Cuán desdichado soy. He encontrado la eterna juventud, pero no basta aún. Necesito encontrar una rosa roja.

Y mientras meditaba en estos términos, llegó al parterre donde se levantaba un majestuoso rosal, al verlo, exaltado corrió hacia él.
-Rosal de mi corazón-le dijo- dadme una rosa roja y tan agradecido estaré que os colmaré de cuidados y amores.
-Mis rosas son amarillas-respondió el rosal- amarillas como el rayo solar del crepúsculo, tan amarillas como los campo de trigo, tanto como el centelleo de los bellos arcángeles. Pero ve en busca de mi hermano que crece alrededor de la plaza quizá el pueda hacerte feliz.
Y así llegó hasta la plaza donde crecía el otro rosal:
-¡Oh! Rosal de mi corazón, dadme una rosa roja y tan agradecido estaré que os colmaré de cuidados y amores.
-¡Ah! Mis rosas son blancas, tan blancas como la nieve, tan blancas como la inocencia, tan blancas como el halo de la azucena.
- Hermoso rosal, por una rosa roja daría mi alma. Dime que navege por la laguna Estigia entre los horrores de los moribundos y a fe mía que lo haré.
- Tu sangre es sangre enamorada, roja como la pasión que hace latir tu corazón. –replicó el rosal-; Tan sólo deberás regar mis tallos con tu sangre y así fabricaré la rosa roja más sutil en las formas y noble en los olores que jamás háyase visto.
Ni siquiera las rosas que cultivaron los ilustres abencerrajes en los desiertos del Africa serán capaces de igualarla.Tan perfecta será tu flor que parecerá llegada del mismísimo corazón de la núbil Alhambra.

Extasiado por la fuerza de las palabras del rosal, rajó su piel y al instante un fino reguero de sangre se deslizó sobre la mano que tocaba la planta.
Durante la noche al abrigo de los rayos lunares, entre los susurros misteriosos del río se fue realizando la rosa de la pasión. Al principio, su cuerpo era frío como el fluir de la aurora en los polos, inerte como el mármol, pero a medida que transcurría la noche, su núcleo tomó el calor de la sangre del enamorado dando lugar a un rubor especial que se extendió por todos los pétalos suaves. Cuando amaneció, tomó la rosa ya formada entre sus manos para guardarla de la luz del día y al llegar la noche la cubrió con un velo de seda negra para ocultarla a los ojos de las gentes que cruzaban en su camino al castillo donde tenía lugar el baile. Allí encontró a los pretendientes, que haciendo honor a su ímpetu brioso y guerrero, mostraban su disgusto ante el rey por lo que consideraban un insulto por parte de la princesa:

-Noble rey-decía un caballero de negros cabellos-; bien sabéis que las rosas rojas se extinguieron en la tierra tras el paso del invierno. Ningún caballero podrá conquistar el corazón de vuestra hija.
- Rey mío. Habéis hecho reunir a la flor y nata de la caballería del reino y vuestra hija nos ultraja con extrañas peticiones- Replicó otro caballero de largos cabellos rubios.
- No os exaltéis mis amados invitados. Bien sabrá mi hija, la princesa, elegir a aquel que se pondrá al frente en sabiduría para dirigir los designios del reino.

En tal estado se encontraban en la sala, que nadie reparó en el anciano tornado en joven que había llegado con un extraño velo entre las manos, cómplice misterioso de un tesoro escondido. La noche transcurrió entre las risas y bailes de los invitados, sin embargo, todo resultaba artificial; risas que sonaban demasiado alto, bailes que se prolongaban hasta después del sonido de las cítaras. En un momento inesperado de la noche sonaron las tromperas en el fragor de la sala entregada al dios Baco. Sonaron agudas, anunciantes de la llegada de la princesa a su trono dorado. Y allí uno tras otro todos los jóvenes fueron depositando a sus pies los más raros tesoros: diamantes del tamaño de un puño, jarrones de ámbar, figuras de mármol ornadas de rubíes, corazones tejidos en seda de Damasco, cetros de jaspe, collares de perlas que en tiempos remotos formaron parte del tesoro de Salomón, perfumes con olores a amízcle y jazmín. Y un sin fin de regalos cada cual más original y raro que el anterior. Pero la princesa seguía triste, de qué servían todas esas joyas si ningún pretendiente era capaz de llegar a su corazón por el único camino que ella puso a disposición de los caballeros, el camino de una rosa. Después de una paciente espera, por fin llegó el turno del joven extraño que durante toda la velada no se había movido de un rincón de la sala desde donde dirigía palabras de amor a un trapo negro, suscitando entre los invitados toda clase de habladurías.

-Princesa-dijo el muchacho-; no soy quien para competir en galantería con el menor de los pretendientes que han pasado hoy ante vos, sin embargo tales son su altanería y egoísmo que no han prestado oídos al auténtico anhelo de vuestra pasión, una rosa roja.

Y mientras decía estas palabras dejó al descubierto el objeto de sus delirios, provocando en la sala un murmullo sordo y en la princesa una sonrisa por la que el más poderoso de los hombres hubiera conquistado un imperio.

-¡Silencio!, ¡silencio! –ordenó el rey-; ¿Quién eres joven extranjero? Por vuestra indumentaria no parecéis un cortesano, sin embargo poseéis el gentil garbo de los linajes nobles.
-Mi rey, no soy más que un hombre enamorado.-Replicó el muchacho reflejando en su voz el convencimiento de la verdad.
-Es sin duda el amor –respondió el rey-; la fuerza que os hace ser osado y pretender aquello por lo que los más ilustres guerreros del reino darían gozosamente su vida.
-Rey mío. No aspiro a riquezas ni poderes. Tan sólo amo a vuestra hija con la fuerza del sol y la pureza de la luna.
Tras un breve instante de reflexión, el rey se levantó de su trono y se dirigió a todos sus invitados:
-Siempre he sido complaciente con los deseos de la princesa, y si ella ha accedido a conceder su amor a aquel que encontrase la rosa roja no tengo nada que oponer, sea pues vuestra esposa.

Aquella misma noche el joven tomó por esposa a la princesa, y fue todo felicidad en los corazones de los enamorados. Bien podría la historia del anciano filósofo terminarse aquí, de no haber sido porque en el transcurso de los días sucesivos a la boda el joven sintió como una fuerza oscura se apoderaba lentamente de su alma, una fuerza de energía fétida y negra como las cloacas en las que padeció Segismundo.

-Amada mía- hizo saber el joven-; siento en mi corazón como se escapa entre suspiros las fuerza del amor que fluye entre los átomos del aire para desaparecer a lo lejos en la niebla, allí donde se haya la fuente de la eterna juventud.

La princesa comprendió, en seguida, el origen de semejante mal.

-Mi querido esposo, habéis bañado vuestros miembros en las aguas de la fuente oculta desde hace siglos por las encinas del bosque. Sabed que ya nunca seréis mío. Habéis entregado vuestro corazón a la fuente como pago por la juventud eterna. Bien sé de lo que me habláis porque yo misma dispongo de esta falsa apariencia que en una noche de verano hace ya casi un siglo la fuente me otorgó. Sin embargo, cuentan los sabios de la corte que el día que una rosa sencilla y pura moje sus pétalos en las aguas mágicas, los corazones serán devueltos a sus verdaderos poseedores que jamás debieron entregarlos a cambio del ensueño de la lozanía.


Recorrieron los dos amantes el camino que días atrás recorriera el anciano pensativo, y al llegar ante la fuente posaron la rosa allí donde las aguas eran más turbulentas. Los pétalos navegaban como barquitas aladas dejando a su paso un halo perfumado que apagaba poco a poco el fulgor de la fuente, la esencia de su poder. Y derrotada la fuente los enamorados recuperaron su madurez auténtica.

-Dime amado mío-Quiso saber la princesa-; ¿sigo siendo hermosa?
-Ahora que mi corazón es tuyo, puedo susurrar a las estrellas en la noche que eres la más hermosa de entre todas las damas.

Y vestidos tan sólo con la sonrisa de su complacencia, los dos ancianos se internaron en el bosque donde, según señalan los antiguos del lugar, viven desde hace más de cinco siglos consagrados al cuidado de sus corazones mutuos, unos corazones colmados con la juventud que concede el amor verdadero.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cuento "La flor de la honestidad"


Se cuenta que allá por el año 250 a.C., en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse.

Sabiendo esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta. Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío.

Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe. Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración y sin poder creerlo le preguntó:

- ¿Hija mía, que vas a hacer allá? Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura.

Y la hija respondió:
- No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos cerca del príncipe. Esto me hará feliz.

Por la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones. Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío:

- Daré a cada una de ustedes una semilla. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida por mí, esposa y futura emperatriz de China.

La propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones, etc.

El tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado. Pasaron tres meses y nada brotó. La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo.

Por fin, pasaron los seis meses y nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación, la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para estar cerca del príncipe por unos momentos.

En la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Finalmente llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció su resultado. Aquella bella joven sería su futura esposa.

Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada.

Entonces, con calma el príncipe explicó:

- Esta fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: LA FLOR DE LA HONESTIDAD. Todas las semillas que entregué eran estériles.