sábado, 14 de noviembre de 2009

Como te dije, déjame que te cuente otro cuento.



“No lloréis, el llanto os hará débiles”, “Debéis aprender la Retórica, la Gramática y la Astronomía amén de otras ciencias para el vivir sano del espíritu”. Cuenta la historia que los príncipes de antaño eran educados en artes tan altas como contrapuestas, así un noble debía ceñir la espada con tanta destreza como escribir versos. Y de esta forma fue instruido nuestro joven héroe, cuyo nombre la historia ha olvidado, haciendo de su tumba el olvido y de su vida la memoria. A riesgo de romper con esta premisa romántica daré un nombre a tan singular personaje y es que al conocer sus pasos pienso en Cándido como el más propio.

Cándido nació en el seno de una familia noble, de linaje antiguo, que había servido a los reyes de Castilla desde que estos recuperaran su trono en las batallas contra los musulmanes. Nunca antes el apelativo noble hacía epíteto tan acertadamente como a los ancestros de nuestro héroe. Y a veces ocurre que la vida alejada y espiritual suele menospreciar otros quehaceres más relacionados con lo terreno y temporal. Terminadas las batallas en Castilla y en el resto de la península, los guerreros castellanos volvieron a sus haciendas, las cuales habían permanecido en manos de sus lugartenientes quienes las habían administrado eficientemente. Sin embargo, la familia de Cándido inmersa en la guerra había descuidado sus bienes y tal fue el gasto acumulado que mal vendieron sus posesiones para satisfacer sus deudas. No dejó el rey castellano que tan noble linaje se viera hundido en la miseria y permitió que vivieran en un castillo con algunas posesiones donde mantendrían sus títulos nobiliaros. Y en este punto de la historia nació nuestro Cándido. Cuentan los astrólogos que al nacer dos estrellas del firmamento colgadas en un estado de completa quietud, descendieron desde lo alto dejando a su paso una estela brillante y dorada como lágrimas de oro, y que dichas estrellas llegaron a su rostro donde formaron sus ojos y su melancólica mirada.

Su niñez fue inocente y feliz. Al llegar la adolescencia sentía como su pecho pugnaba por salirse de su cuerpo y que su alma buscaba navegar por los mares libres. Poco a poco moría en la soledad del castillo, con la única compañía de un sabio médico árabe del cual se decía que conocía los secretos de inmortalidad de los egipcios y que tan poderosa era su magia que era capaz de convertir la noche en día y el día en noche.
Pronto supo tan ilustre maestro que Cándido necesitaba compañía y decidió enseñarle el lenguaje de las aves y de las plantas. No tardó mucho en aprenderlo diestramente y al cabo de unos días era capaz de mantener conversaciones con la lechuza sobre filosofía, sobre ciencias ocultas con el búho y sobre las rarezas del mar con la gaviota.

Pero su corazón seguía triste. Arrastraba sus pies entre la niebla espesa de su mirada… Hasta que cierto día llegó a él una paloma, tan blanca como pura, con una mancha en su pecho similar a un corazón y le habló: “Oh, príncipe que os sucede, vuestros ojos tristes me conmueven”, “Paloma, me encuentro en soledad, volando en las noches olvidadas mientras entono notas que mueren entre estas cuatro paredes descorazonadas”, “Príncipe, dejadme que os cuente algo. Hace algunas semanas volaba yo en busca de un lugar acogedor donde pasar la noche, y en la fortuna, encontré un estrecho balcón cálido. En él una joven y hermosa princesa lanzaba suspiros al destino capaces de llegar a oídos tan silenciosos como los de vos”, “Paloma, decidme, podéis llegar de nuevo al balcón y llevarle este mensaje”. Partió la paloma al alba brillando con el rocío como una saeta. Cuentan los antiguos que en este mensaje Cándido recitaba a su princesa un poema de amor el cual termina: “… no sé quién sois, no sé cómo os llamáis, pero mi corazón ha encontrado en vos un bálsamo de paz, os amo”.
Pasaban los minutos como horas y las horas como días, hasta que después de una larga espera volvió la paloma mensajera ensangrentada por la flecha de un cazador. “Joven príncipe, moriré en breve, tomad el mensaje que os traigo”, “Paloma, palomita, eres la redentora de mi alma, descansa en paz y que el altísimo te santifique como portadora de buenas noticias”. La respuesta de la princesa fue breve: “Ven a verme, necesito que me salves de estas cadenas que me oprimen”.
De modo que el príncipe salió una noche sigilosamente, tan solo acompañado por sus dos fieles amigos, la lechuza y el búho. Difícil fue la búsqueda de la princesa, entre otras cosas porque no hallaban el camino correcto. Hasta que cierto día cansados y hambrientos llegaron a las puertas de una ermita donde bebieron y comieron a su voluntad. Tenía el ermitaño un viejo loro que había vivido en cortes de medio mundo y que cansado de tanta belleza material había decidido retirarse a meditar esperando encontrar el otro tipo de belleza menos mundana y que alimenta en mayor medida el espíritu y las pasiones nobles. Les contó el loro como había llegado a conocer a la princesa y que era famosa en todo el reino por sus altos sentimientos y su rara belleza. Decidió, además, acompañar al príncipe hasta el lugar donde ella estaba cautiva. Varias semanas pasaron caminando entre algodones, hasta que finalmente llegaron a su destino. No dudó el joven, en situarse frente al balcón que le describió la paloma y con toda la fuerza de su voz recitó el poema que cierto día esperanzador escribiera para su amada. Ella reconoció el poema que había guardado en su corazón y tal fue su gozo que cayó en manos de su príncipe extasiada de alegría.
Pero como suele pasar en todas las historias de amor, siempre existe un temible lobo que trata de desterrar los besos y abrazos de los enamorados. Y este no era otro que las convenciones familiares de la princesa. Cuando la dama nació, los astrólogos predijeron que la dulce flor escaparía con un noble venido a menos, el padre temeroso de tal profecía la había encerrado en la torre esperando que el tiempo evaporase el halo de pesimismo que predecían los augurios. Sin embargo, el destino atrapa con sus redes las vidas de los hombres y los somete a su implacable autoridad. Los dos amantes escaparon temblorosos y abrazados a su suerte. Pronto se dieron cuenta en el castillo de lo que había sucedido y un grupo de jinetes capitaneados por el señor y padre de la dama salieron en busca de los enamorados. Varios días duró las búsqueda, días en los que a pesar de las adversidades, los jóvenes fueron tan felices como nunca lo habían sido antes en sus vidas. Hasta que en su desgracia, fueron sorprendidos mientras dormían por el despiadado castellano que herido en su honor atravesó cruelmente con su espada el pecho de nuestro héroe golpeándole en la esencia de la vida. Al ver semejante acto, la princesa tomó la espada de su padre con la determinación del dolor que proporciona ver morir a un ser amado y la hundió en su enamorado corazón. En susurros sus voces se unieron para lanzar al viento: “juntos para siempre”. Y así es como juntos permanecen eternamente. Año tras año al llegar la primavera en este mismo lugar del bosque dos flores blancas y puras como la luz del alba enrollan sus tallos formando una única flor conocida como los eternos amantes.

12 comentarios:

Noe Domènech* dijo...

Gracias Jose.
Pero no me resigno al pensar, en contra a tus argumentos, que siempre la pasión y el amor sean fatalistas,que es una cosa del siglo XIX porque lo bueno nunca muere.
Un beso y gracias por tu cuento

Angus dijo...

Me encanta lo que has escrito.

José Luis Díaz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
José Luis Díaz dijo...

@Noe: Como bien dices el cuento tiene algo de fatalista, pero tambien hay que ver que al final vencen a la muerte gracias a su amor y por ello son inmortales

@Angus_ Gracias por leer el cuento

iontxu dijo...

Disfruto leyendo tus cuentos. ¡Muchas gracias José!

Marc Costa i Sitjà dijo...

De este lugar cuentan leyendas y historias y juran que así ocurrieron. Siglos atrás las tropas del rey en cruenta batalla a un joven de muerte hirieron...

:)

José Luis Díaz dijo...

@Ión: Entonces seguiré escribien ;)

@Marc: ... y el rey con crueldad asi le encerró, su herida mortal no obtuvo perdón, y en el suelo esperó la muerte sin ver la luz del sol... :)

Marc Costa i Sitjà dijo...

A ver si al final tendremos que abrirte un blog sólo para tus cuentos Jose :) Nos vemos mañana.

DaVinci dijo...

Chapeau¡...¡¡¡¡, compañero, propongo efectuar un estudio de viabilidad y fundar una editorial para la publicación de todos tus cuentos.
A buen seguro que sería rentable.

Salud@s¡ :).

José Luis Díaz dijo...

Muchas gracias Davinci!!! :) Todo es proponerselo por qué no. ;)

Marta dijo...

Jose, es precioso... Ya te he comentado que me parece, sobran palabras ;) No es sólo el cuento de un romántico, también es un pedacito de ti =)

José Luis Díaz dijo...

Muchas gracias Marta!! :)